Los nuevos pobres

22 de enero de 1989.

No sé quién llamó así a los ancianos. Y acertó. Porque la más cruel de las marginaciones que se han inventado por eso que llamamos “civilización”, es precisamente la de las personas mayores. Una marginación tan cruel que hasta hemos tenido que correr a taparla con el eufemismo de la “tercera edad”.

Los hombres actuales usamos los eufemismos para cubrir aquellas lacras que nos avergüenzan y que no tenemos el menor deseo de eliminar. Como quien reconoce que debería arreglar de arriba a abajo su casa; pero se limita a darle una mano de cal para que siga “tirando” algún tiempo más.

Así hablamos de minusválidos, de población de color, de menos desarrollados. Nos parece que, dejando de llamarles ciegos, negros o explotados, ya hemos resuelto sus problemas o, cuando menos, los hemos hecho tolerables a nuestra sensibilidad.

Y no. Cuanto más avanzo en mi vida, más me voy convenciendo de que el valor de una civilización se mide por el trato que en ella se da a quienes no pueden valerse solos. Tal vez los historiadores cuenten un día que en el siglo XX se llegó a la luna, que se construyó la bomba atómica, que se pusieron en órbita miles de satélites…

Pero temo que otra clase de personas se pregunten entonces como se trataba en este siglo XX a los ancianos y a los enfermos o qué nivel de amor se respiraba en los hogares.

Y la verdad es que hoy pocos toman en serio la obligación de honrar a sus mayores. Lo más seguro es que nuestros ancianos hayan perdido hoy muchas ventajas respecto a épocas anteriores en la historia de una humanidad que creemos evoluciona para mejor.

(C.89)

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