El agua viva

6 de marzo de 1983

Las gentes quedaron admiradas después de que Jesús hizo que el ciego viera y el mudo hablara.

Los que conocían su poder, creyeron una vez más mirándolo con amor. Pero no faltaron aquellos en los que surgía el pecado funesto, el pecado que expulsa a cada hombre de su paraíso personal y lo convierte en serpiente sin fruto en la boca: la ENVIDIA.

Quizá una de las claves para explicar muchos daños sin sentido sea precisamente ese pequeño gran pecado que convierte en acidez las relaciones entre nosotros.

La envidia no se sacia nunca. El envidioso queda con su alma eternamente retorcida y propensa a toda forma de traición. Jesús lo ve. Ve su corazón repleto de odio y les quiere convencer de que sería absurdo: todo reino dividido se destruye a sí mismo.

En Jesús actuaba únicamente la fuerza de Dios. No había otra posible intención. Por sus milagros se hacía presente el Reino de Dios como manifestación de la voluntad de Dios que quiere la entrega de toda nuestra persona.

Cree en Jesús. Es el único partido por el que vale la pena apostar sin reserva. Entrega tu vida y abre tus oídos a su Palabra.

(C.83)

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